Por Alonso Tomasini De Velasco. San Miguel de Allende, Guanajuato, a 10 de Octubre del 2026.
A nuestra generación le encanta presumir que es la más informada de la historia. A lo mejor sí. Nunca habíamos tenido tanto acceso a noticias, análisis, estadística o videos. El problema es que tener acceso a toda esa información no significa entenderla, y estar rodeados de tanto contenido tampoco implica que hayamos construido un criterio propio, al contrario. Hoy consumimos política en videos de un minuto y en frases cortas que nos llegan filtradas por algoritmos diseñados para engancharnos, no para hacernos pensar. Y ahí es donde me salta la duda incómoda: ¿de verdad nuestras opiniones son nuestras? La función con el algoritmo no es solo que te mantenga pegado a la pantalla, sino que no busca confrontar lo que piensas; busca confirmártelo. Te da por tu lado. Te enseña exactamente lo que quieres ver para que te sientas cómodo, y casi sin darte cuenta dejas de descubrir ideas nuevas para atrincherarte en las que ya tenías. Al final, el riesgo no es solo la falta de procesar la información, sino dar por hecho que ya lo sabemos todo. Pero hay algo que me preocupa todavía más: todos hablamos de nuestra realidad, pero no todos percibimos la misma realidad, las mismas necesidades y por tanto el mismo país. Existe el México de quien jamás ha tenido que preocuparse por llegar a la quincena o que al abrir la llave del agua se cuente o no con el líquido vital, y existe el México de quienes su realidad ha sido más complicada, una realidad que incluso a quienes no la viven les cuesta creer una realidad así. Ambos existen, pero no caben en el mismo algoritmo. Por eso la política no se entiende desde un teléfono; se entiende caminando la calle, observando y escuchando. En el proceso de 2024 vi algo que me llamó muchísimo la atención, en la nueva generación, la postura política se volvió un tema de estatus socioeconómico. Muchos cayeron en la trampa de creer que estar en contra de Morena los colocaba, de facto, en una clase social o en un estrato al que en realidad no pertenecían. Votar en contra se volvió una especie de símbolo de distinción, un intento por encajar en una mesa a la que no nos han invitado. Y cuando la política se vuelve eso, deja de ser un debate sobre ideas y se convierte en un club de pertenencia. Decimos que venimos a romper con la forma vieja de hacer política, pero no sé si realmente cambiamos el chip o nada más cambiamos de camiseta. Antes se defendían colores por tradición familiar; hoy a veces parece que se defienden por percepción colectiva. Le hacemos “el fuchi” a Morena no con argumentos ni debatiendo sus reformas o resultados, sino solo para estar en sintonía con nuestro círculo. Por otro lado, ¿el PRI quién es? El PAN parece opción hasta que llegan las decisiones importantes y su estrechez mental choca con la juventud. Y un MC que presume a la chaviza no lo hace con propuestas o políticas públicas, sino con campañas coloridas e influencers; digamos que están más cerca de ganar un premio al Content Creator del año que un proceso electoral serio. Por eso urge aprender a diferenciar la marca de la persona: no demeritar a un buen candidato por su partido, ni enaltecer a un mal perfil por la misma razón. Hay que mirar trayectorias, proyectos y propuestas. Es momento de identificar nuestras necesidades, pero también de entender las de los demás sin minimizarlas ni etiquetarlas, para entonces sí emitir un voto consciente. No necesitamos ser expertos en ciencia política para votar bien. Solo necesitamos un poco de juicio crítico. Y tener criterio no es llevar la contraria por convivir, sino estar dispuesto a escuchar, a reconocer cuando nos equivocamos y a medir a cada candidato por sus hechos, no por sus slogans. Un ciudadano con criterio evalúa ideas; uno sin criterio únicamente busca a qué grupo sumarse. Antes de tachar la boleta, la pregunta clave no es por quién vamos a votar. La pregunta real es desde dónde estamos decidiendo: ¿Desde el enojo? ¿Desde la necesidad de encajar? ¿Desde lo que me sugirió la pantalla hoy en la mañana? ¿O desde una reflexión seria sobre el país, el estado y/o el municipio que queremos? La democracia de este país nunca va a depender de los partidos políticos que tengamos en el registro. Depende, al final del día, de la calidad del criterio con el que votamos. Y esa es la tarea más pesada para nuestra generación: dejar de heredar convicciones y empezar a cuestionarlas antes de convertirlas en dogmas. “Quien sigue a la multitud rara vez se encuentra con la verdad, quien sigue a la razón, difícilmente se pierde” Séneca.
